lunes, 15 de junio de 2009

desde el balcón

Llevaba largo rato obsevándola, entrando y saliendo de cualquier cantidad de tiendas, en ocaciones la perdía de vista entre las personas que se arremolinaban en el mar de tiendas y vendedores que ofrecían todo y nada, remedios para esto y aquello. Caminaba sola y con la fluidez del aire entre los árboles, el vaivén de sus cabellos que se enredaban a cada paso con su cuello; le agradaba la movilidad de sus tobillos, bellamente calzados por unas rústicas alpargatas de piel, que envolvían sus tobillos, unos tobillos finos y blancos que le demostraban (o al menos a él así le parecían) una elasticidad poco usual. Su cuello era igualmente delgado, tal como ella, esbelta y ligera, del color de la cerámica, reluciente. A la luz del sol eran visibles en su labio superior unas finísimas perlas de sudor que ella intentaba ocultar discretamente con el pañuelo desechable que iba y venía entre sus manos.
Eran los primeros días de aquel verano que había comenzado vacilante, pero con cierto calor empalagoso, y el aire parecía estar enrarecido por discretísimas llamas de fuego que al respirarse quemaban el pecho. Ni una sola nube en el cielo ayudaba a paliar el Sol quemante que caía a plomo sobre la ciudad. Esperaba las lluvias con ansia, le agradaba la sensación breve de la brisa que mojaba poco a poco su balcón, disfrutaba el olor a tierra húmeda que antecedía a las lluvias, ese aroma que acompañaba noche a noche con las tormentas eléctricas, y le gustaba también observarlas, desde su balcón, y sentirse libre, aunque sea sólo durante las lluvias, ver las venas eléctricas de las nubes, el rugir del cielo sobre la gran ciudad que estaba seguro jamás terminaría de conocer, y el estrépito de las ventanas que chocaban contra sus mismos marcos por las ondas sonoras. Apreciar la magnificencia del cielo y sus nubes, podía pasar horas y horas mirando, en estado de éxtasis.
Al verla caminar se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en un espectador, su vida corría en circulos de su visión, aprendió a ver todo cuanto lo rodeaba, incluso en situaciones poco comunes; de camino a su trabajo, mientras esperaba el camión o durante la tarde, desde aquel balcón que se convirtió en su trinchera, desde el cual apreciaba y sentía como el cielo de las tardes ligeras del invierno o los amaneceres húmedos de verano, las lluvias que por las tardes frías de finales de junio llegaban poco a poco y que anunciaban un invierno vagamente frío. Pensaba en ello sin perderla de vista, intentaba alejarse de aquellos pensamientos que nublaban esa hermosa aparición, aquella mujer era prácticamente una visión de otro tiempo y otro espacio, realmente era bella, no como las mujeres que día a día en revistas y televisión mostraban, el típico estereotipo de belleza comercial, era algo extraño, inclusive estaba seguro de que si alguien más tuviera a bien fijarse en aquella que bailaba entre el tumulto del medio día del ajetreado centro de la cuidad, no sería capaz de entender esa belleza que ocultaba entre los profundos ojos cafés que miraban con detalle cada aparador que recorría.

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Estudihambre, remedo de escritor... melómano, poeta frustrado, y tecnócrata...

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