Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde,
te amo directamente, sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño...
Tomado de "cien sonetos de amor", Pablo Neruda.
miércoles, 16 de junio de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
A veces...
A veces me pregunto por qué hago las cosas. Por qué escribo, por qué leo, por que camino sólo por las noches, por qué fumo o por qué tomo café. Y hoy lo he descubierto. Hago lo que hago por no pensar en ti. Y es que cuando te pienso, cuando te recuerdo, no soporto recordar tu risa, no tolero recordarte desnuda entre mis brazos, ni tu vaivén al caminar, ni el aroma de tu cuello, ni tus ojos que me gritan ni tus labios que me besan. Simplemente no puedo.
Tu risa me da coraje, tus palabras lejanas escondidas en recuerdos vagos me irritan, incluso a tus caricias tenues y tus uñas en mi espalda las aborrezco. Y todo por que no puedo tenerte cerca, por que nada de lo anterior lo tengo cuando lo pienso. Porque cuando lo tengo, no lo pienso; lo percibo, lo siento, lo experimento… y todo cambia. Cuando estamos juntos se vuelve etéreo, amorfo, no hay ni tiempo ni espacio.
Simplemente dejo de pensar, de recordar, de preocuparme por todo y por todos. Contigo aprendí a sentir las caricias, a buscar refugio en tu cuerpo y me di cuenta de que la paz está en tu cuello, que el sosiego aparece cuando te revuelvo el cabello mientras te beso el cuello, y que cuando siento tu cabeza recostada en mi pecho nace la tranquilidad.
Contigo aprendí que a veces es mejor no decir nada para escuchar tus latidos y tu respiración, a que ningún café o vaso de agua sabe tan bueno como los que comparto contigo. También aprendí a esperar, a retener tu sabor en mis labios, a extrañarte y hasta a dormir exhausto pero extrañamente feliz.
Es por eso que cuando no estás, hago cosas. Por eso, cuando no estás, muero. Por eso cuando no estás, no soporto pensar en ti. Por que sin ti, simplemente no puedo.
Tu risa me da coraje, tus palabras lejanas escondidas en recuerdos vagos me irritan, incluso a tus caricias tenues y tus uñas en mi espalda las aborrezco. Y todo por que no puedo tenerte cerca, por que nada de lo anterior lo tengo cuando lo pienso. Porque cuando lo tengo, no lo pienso; lo percibo, lo siento, lo experimento… y todo cambia. Cuando estamos juntos se vuelve etéreo, amorfo, no hay ni tiempo ni espacio.
Simplemente dejo de pensar, de recordar, de preocuparme por todo y por todos. Contigo aprendí a sentir las caricias, a buscar refugio en tu cuerpo y me di cuenta de que la paz está en tu cuello, que el sosiego aparece cuando te revuelvo el cabello mientras te beso el cuello, y que cuando siento tu cabeza recostada en mi pecho nace la tranquilidad.
Contigo aprendí que a veces es mejor no decir nada para escuchar tus latidos y tu respiración, a que ningún café o vaso de agua sabe tan bueno como los que comparto contigo. También aprendí a esperar, a retener tu sabor en mis labios, a extrañarte y hasta a dormir exhausto pero extrañamente feliz.
Es por eso que cuando no estás, hago cosas. Por eso, cuando no estás, muero. Por eso cuando no estás, no soporto pensar en ti. Por que sin ti, simplemente no puedo.
lunes, 25 de enero de 2010
insomnia
...Y buscar refugio en tu cuerpo,
dejarme cocinar a fuego lento en tus labios.
Sentirme ondulante en tu respiración
y flotar en tu aliento tibio.
Conocerte entre miles de voces lejanas
y escuchar tu piel erizandose entre mis labios.
sábado, 9 de enero de 2010
recuerdos de la adolescencia
Había algo en ella que me llamaba la atención, no podía entender qué era lo que me atraía, por que no era el estereotipo de “mujer bonita”. La miraba mientras se paseaba por los corredores del colegio, mientras escribía en el pizarrón y percibía en ella una belleza incomprensible; su rostro brillante e inexpresivo, su andar sin cadencia casi a la usanza militar y sus manos pequeñas…
Era una mujer pequeña, de complexión ligera pero que aparentaba cierta fortaleza, cierta solidez. Morena y de facciones delicadas, la nariz un poco respingada y cuello grácil, cabello ondulado y castaño, aunque a veces solía teñirlo con un tono rojizo. Algo que siempre me hacía recordarla por las tardes solitarias frente a los cuadernos mientras fingía hacer la tarea eran sus piernas; torneadas y sólidas, llenas de vida. Tenía los ojos de una tapatía, grandes y brillantes, los labios finos y las mejillas amplias. Acostumbraba vestir faldas un poco más allá de las rodillas, lisas la mayoría acompañadas de algún suéter tejido, y ahora que lo recuerdo, era raro ver las blusas que llevaba, pero cuando se lograban ver eran del mismo tipo de toda su indumentaria, quizá muy llanas, discretas o simples, no lo sé.
Estoy seguro de no haber sido el único que la veía de esa forma, aunque nunca lo comenté a nadie, pues hubiera sido remar contra corriente. La opinión general estaba en contra de ella, y no tanto de ella como tal, sino contra su belleza, eran preferidas aquellas que tenían grandes pechos o un trasero monumental, incluso estaban primero aquellas que mostraban un poco de coquetería aunque su físico no fuera del todo sobresaliente. El haber aceptado públicamente que ella me provocaba cualquier otro sentimiento diferente a la indiferencia, hubiera hecho que mis días de secundaria fueran de lo más miserables.
La recuerdo al frente de mi grupo, al momento de llegar al salón; caminaba entre cinco y seis pasos para detenerse justo en medio del pizarrón con su maletín de piel color café (aunque siempre he sido malo con los colores, digamos que era un café claro venido a menos por el uso cotidiano), saludaba al grupo en general mientras nosotros permanecíamos de pie esperando que se nos diera la orden de tomar asiento. Una vez que se nos permitía sentar, caminaba hacia el escritorio de los profesores he instalaba su maletín el extremo contrario a la puerta del salón, aquel que estaba cerca de la pared, buscaba los gises blancos que solía cargar consigo si no encontraba los que deberían estar en el pizarrón y que nosotros les dábamos mejor uso como proyectiles.
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- Estudihambre, remedo de escritor... melómano, poeta frustrado, y tecnócrata...