sábado, 30 de mayo de 2009

anochecer húmedo

Eran más de las once de la noche, y la lluvia parecía llenar las ventanas de gelatina. Se escuchaban las gotas golpendo el techo de lámina, y los vidrios comenzaban a empañarse con la respiración de ellos. El humo del café de olla servido en aquellas rústicas tazas de barro rojo se difuminaba con el de los cigarrillos de tabaco rubio; a pesar de él, que prefería un tabaco más fuerte, pero no había logrado encontrar algo más en aquel pueblo lejano, sólo cigarrilos de tabaco rubio sin filtro.
Habían estado caminando buena parte del día rodeadeados de una luz diáfana y con un clima húmedo y frío, entre mucha vegetación verde y el sonido del viento rebotando en las altas motañas que formaban la barrera protectora natural de aquellos caminos de tierra húmeda y cielos de nubes grises de lluvia y poco sol. Aún asi, sentían ánimos de charlar.
Ella caminaba de un lado a otro de la habitación, con el cigarrillo entre los dedos de la mano derecha. Su figura era tan ligera que parecía que caminaba entre hojas secas y no en aquel piso de tierra apisonada, como si sus pies no tocaran el suelo y fuera su aura la que le permitiese moverse, y la luz de la lampara de aceite que vagamente iluminaba las paredes burdamente encaladas distorsionaba la esbelta sombra de aquella mujer, mientras él la miraba pasearse. Él daba pequeños tragos al café, mientras estaba recargado levemente entre las almohadas improvisadas por cobijas amontonadas en la cabecera de la cama y la pared.
Comenzó por rodear la mesa de pino sin tallar, apoyandose levemente en las dos sillas plásticas patrocinadas por la marca popular de cerveza, acercando de cuando en cuando la mano al centro de la mesa para dejar caer las cenizas del cigarrilo en el cenicero improvisado en un recorte de el fondo de una lata de aluminio con los bordes cortantes hacia afuera para evitar el riesgo de cortarse. El piso de aquel lugar estaba fresco, húmedo y fresco, y era agradable caminar descalzo en el, a pesar de la lluvia afuera, el ambiente dentro comenzaba a condensarse un poco. Asi que decidió caminar hacia la puerta para refrescar un poco la habitación. Vestía unos pantalones de manta beige, los había doblado en las piernas para refrescarse mejor, y una blusa roja de tirantes que permitía que su espalda fuera acariciada con la mirada sin la menor complicación.

jueves, 21 de mayo de 2009

la horajarasca


Había salido a caminar mientras el sol de mayo se colaba entre las incipientes nubes que poblaban aquel atardecer. Un viento fresco soplaba entre las ramas de los antiguos eucaliptos que llenaban aquel pequeño bosque que después de varios años y casas construidas a su alrededor había quedado casi olvidado por los vecinos del lugar. Durante su infancia, había corrido entre aquellos mismos árboles, aprendió a montar en bicicleta ahí mismo, realmente muchos momentos importantes a lo largo de su vida habían tenido lugar entre esas mismas ramas que ahora se mecían al ritmo del aire fresco y el calor húmedo de aquella tarde, quiza por eso ahora despúes de varios años regresaba a aquél que antaño fuera bosque, pero que ahora era sólo un pequeño parque en medio de la colonia donde sus padres le llevaron a crecer. Era extraño verle caminar, fumaba lentamente un pequeño puro, y a pesar del aire no vestía nada más allá de una simple playera y un pantalón de mezclilla, calzaba unos tenis un tanto desgastados y que hace unos cinco años habían tenido un éxito comercial brutal, pero que en ese momento eran prácticamente obsoletos a los ojos de la moda. Las hojas caían poco a poco, y formaban un tapete multicolor que producía un aroma inigualable, era entre esas hojas que las pocas ardillas que aún vivian en ese lugar buscaban una que otra piña que caía de aquellos pinos que diversificaban la población vegetal.

La tarde comenzaba a caer, poco a poco la luz se volvía trémula y se sentía un poco más el aire frio. Trataba de recordar aquellos momentos entre la hojarasca, esa misma que ahora sus pisadas hacían crujir, trataba de hurdir la trama completa de aquelo que aún no lograba etiquetar. Intentaba concentrarse en algo en concreto, pero no podía dejar de pensar en cosas que le parecían banas, pero no podía enfocarse en algo más; el aroma de los árboles después de la lluvia lo hacía recordar aquellos paseos de la mano con Ella. Y no era que le extrañara, simplemente sabía que Ella también los disfrutaba. Solían caminar asi los domingos por la tarde, era algo asi como un ritual enre ellos, así como muchos de sus familiares se decidían por ir a misa, ellos caminaban entre ese parque, y era ahí donde aclaraban sus ideas. Era complicado que entre semana se tuvieran tiempo el uno para el otro, asi que salir a caminar les hacía bien; se ponían de acuerdo desde si cambiarían el color de las habitaciones, si era mejor que su madre se cambiara o no de casa (aunque sabían ambos que no era desición propiamente de ellos y que no llegarían a un punto medio), si les gustaba o no el helado de nuez de la nueva cafetería de la avenida, o inclusive, podía llegar a ser tan erótico caminar entre los arboles que regresaban a casa y hacían el amor como si fuera el primer encuentro fortuito entre dos amantes ocacionales.

viernes, 8 de mayo de 2009

reverberaciones nocturnas

Mientras un viento refrescante mece las cortinas de la habitación, veo tu figura desnuda caminando hacia el resplandor de la luz trémula de la Luna, mientras el humo del cigarrillo se difumina entre el aire que es casi necesario cortar a cuchilladas, ese mismo aire que respiramos juntos, que iba y venía entre tu boca y la mía.
Caminas de nuevo y tu figura estilizada me estremece de nuevo, el alboroto de tos cabellos hace florecer la sensación de tu cuerpo junto al mío. Tu sobra reflejada contrasta con la blancura de las sábanas, y estoy seguro que el aire fresco que de nuevo recorre la habitación eriza tu piel casi de la misma forma en que se erizó hace apenas unos minutos. Inhalo un poco más de humo y cierro mis ojos; veo tu rostro con los ojos cerrados, te ves tan sensual mientras acaricias y besas mi pecho, siento tus uñas dejando unos zurcos en mi espalda, y si, quizá me he vuelto masoquista, no lo sé, pero en realidad disfruto de ese pequeño placer doloroso, o ese doloroso placer... Siento tu cabello revuelto entre mis dedos, y la sensación del mismo recorriendo mi abdómen, el sabor salado y floral de tu piel aún lo tengo en los labios, y tu aroma parece ser uno mismo con el de las noches calurosas del jardín. veo tu cuerpo exhalando, casi puedo sentir entre mis manos tu alma, tu sudor resbala entre mis manos y se mezcla con el mío, tus ojos fuera de control y puedo sentir cada uno de tus músculos tensándose de una forma irreal, espasmódica, contorsionándose al ritmo de las cortinas.
Finalmente tus dedos acariciandome de nuevo las piernas me traen de vuelta a la realidad, y observo tu rostro, como si estuviese mirando un amanecer invernal y tu sonrisa me sorprende, sé que algo me dices, escucho tu voz pero en realidad estoy perdido en el aroma enervante de tu piel, comiendo el pan de tu vientre y perdido entre tus pechos, acariciando tu espalda con fruición, esa espalda digna de alabanza y ya no soy capaz de pensar en nada más que no sea piel, tu sexo, tu respiración jadeante y tu aliento hirviendo....
Fuera del mundo, de nuevo.

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Estudihambre, remedo de escritor... melómano, poeta frustrado, y tecnócrata...

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