Disfrutaban de aquella luz mientras el aire cargado del aroma de los jazmines llenaba lentamente la habitación por completo. Era del tipo de luz que suele darse por las tardes entre los meses calurosos, esa que parece casi tangible y que se confunde con el aire que se respira. Estaban recostados el uno en el otro y comían cerezas frescas, las cogían de un tazón de agua con hielos y guardaban la sensación fría para sus sueños calurosos que los esperaban impacientes aquella noche.
El ambiente de aquella blanca alcoba se entremezclaba con el aroma de los jazmines y las notas lejanas de Mingus, que hacía más melancólico y profundo el rozar del viento con las pieles de ambos. Cada cierto tiempo, el aire que corría entre los árboles que protegían la entrada aquel balcón, se colaba hasta los huesos de ellos, y erizaba la piel de forma tenue y constante, y los acercaba más y más entre cada abrazo y cada cereza.
Las manecillas del reloj que colgaba de aquella pared frente a ellos como un vigilante silencioso rondaba acechante la media noche. Aún asi se escuchaban a lo lejos los perros ladrandole a la Luna y las hojas de los árboles cayendo poco a poco.
El acariciaba el cabello de ella mientras ella besaba de vez en cuando su pecho cubierto de finas gotas de sudor. La piel de ella tambien estaba cubierta de sudor, pero se había desvanecido poco a poco entre el viento que la acariciaba al unísono de las manos de él. Llevaban largo rato asi, disfrutando el contacto con el aire fresco de la noche, de la música, de las cerezas, de ellos.

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