Es común verle caminar por la calle desierta por las noches en que la Luna ilumina fuertemente. Pasea entre los aromas de jazmines y el humo de sus cigarrillos, entre el rocío joven que marca la cercanía del amanecer. No suele caminar por el pasto, los tacones lo hacen poco funcional, así que lo hace por las banquetas, mientras recuerda como solía correr entre aquellos árboles que ahora se mueven con el aire frío de las madrugadas. Se ve a ella misma de pequeña, tras sus compañeras de aventuras interminables y fantasías lúdicas, vestida con un hermoso conjunto de vestido bordado en colores pastel, peinada de forma magistral por las hábiles manos de su madre. Zapatos negros de charol, y medias de orlas a tono con su vestido y los listones que adornaban los rizos de su largo cabello. Ahora es diferente. Si, también lleva vestido, pero no el largo de su infancia, ahora es un poco más provocador. Mucho más corto, y sigue usando medias, pero ahora de redecilla negra. Si, también sigue con charol negro, pero ahora de stilleto. Lo que si ha cambiado es su cabello, suelo por completo, eso si, con sus hermosos rizos en color trigo, que aunque no lo parece,es natural. Piensa en su habitación, que la espera sola como es usual, un pijama de lana para esos amaneceres fríos, un té caliente de manzanilla y seguir con los cigarrillos ligths. Los tacones empiezan a cobrar factura, a pesar de que cuando los compró se enamoró de ellos; tacón acrobático de 11 cms, charol negro y la forma clásica de unos stilletos.
Pero esa noche su preocupación principal no eran sus zapatos. Sentía como subía cada mililitro de sangre a su cabeza, cada palpitación era como gotas de plomo candente cayendo en su cabeza. Las manos le temblaban, pero no sabía si era por el frío que sentía hasta los huesos o por el mismo dolor de cabeza. Tenía la mandíbula tensa, y los dientes le cascabeleaban y estaba segura que estaba pálida. Sentía la fiebre estremeciéndola por completo y la hacía recordar de nuevo los remedios que en alguna ocasión su madre preparaba para casos como ese. La imagen de su madre en la cocina con aquel delantal que durante tantos y tantos años vistió y del que ella tanto le recriminó. No entendía como alguien podía estar toda su vida atada de alguna forma a un hombre como lo había sido su padre. No las golpeaba, ni las explotaba. Eran tres hermanas y ella era la mayor. Viéndolo bien, había sido un buen padre. Aún así, no lograba comprender por qué las mujeres tenían por que estar toda la vida a la sombra de un hombre.
Era paradójico, ahora ella, en la búsqueda de su libertad, vivía a expensas de los hombres, de la soledad de los hombres. De esa falta de confianza, y quizá por eso, se sentía superior a ellos.
Pero esa noche, no.

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