sábado, 9 de enero de 2010

recuerdos de la adolescencia

Había algo en ella que me llamaba la atención, no podía entender qué era lo que me atraía, por que no era el estereotipo de “mujer bonita”. La miraba mientras se paseaba por los corredores del colegio, mientras escribía en el pizarrón y percibía en ella una belleza incomprensible; su rostro brillante e inexpresivo, su andar sin cadencia casi a la usanza militar y sus manos pequeñas…


Era una mujer pequeña, de complexión ligera pero que aparentaba cierta fortaleza, cierta solidez. Morena y de facciones delicadas, la nariz un poco respingada y cuello grácil, cabello ondulado y castaño, aunque a veces solía teñirlo con un tono rojizo. Algo que siempre me hacía recordarla por las tardes solitarias frente a los cuadernos mientras fingía hacer la tarea eran sus piernas; torneadas y sólidas, llenas de vida. Tenía los ojos de una tapatía, grandes y brillantes, los labios finos y las mejillas amplias. Acostumbraba vestir faldas un poco más allá de las rodillas, lisas la mayoría acompañadas de algún suéter tejido, y ahora que lo recuerdo, era raro ver las blusas que llevaba, pero cuando se lograban ver eran del mismo tipo de toda su indumentaria, quizá muy llanas, discretas o simples, no lo sé.

Estoy seguro de no haber sido el único que la veía de esa forma, aunque nunca lo comenté a nadie, pues hubiera sido remar contra corriente. La opinión general estaba en contra de ella, y no tanto de ella como tal, sino contra su belleza, eran preferidas aquellas que tenían grandes pechos o un trasero monumental, incluso estaban primero aquellas que mostraban un poco de coquetería aunque su físico no fuera del todo sobresaliente. El haber aceptado públicamente que ella me provocaba cualquier otro sentimiento diferente a la indiferencia, hubiera hecho que mis días de secundaria fueran de lo más miserables.

La recuerdo al frente de mi grupo, al momento de llegar al salón; caminaba entre cinco y seis pasos para detenerse justo en medio del pizarrón con su maletín de piel color café (aunque siempre he sido malo con los colores, digamos que era un café claro venido a menos por el uso cotidiano), saludaba al grupo en general mientras nosotros permanecíamos de pie esperando que se nos diera la orden de tomar asiento. Una vez que se nos permitía sentar, caminaba hacia el escritorio de los profesores he instalaba su maletín el extremo contrario a la puerta del salón, aquel que estaba cerca de la pared, buscaba los gises blancos que solía cargar consigo si no encontraba los que deberían estar en el pizarrón y que nosotros les dábamos mejor uso como proyectiles.

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Estudihambre, remedo de escritor... melómano, poeta frustrado, y tecnócrata...

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